lunes, 10 de mayo de 2010

EL DESEO (erótico)

Resultaría tan simple definirlo como “la intención de alcanzar lo que se pretende”, que obviaremos la respuesta a semejante perogrullada insulsa.

Como fleco de realidad que se nos mezcla entre las ideas cual cabello largo entre las ropas y la carne... el deseo se nos anticipa a la idea que podemos intentar formalizar del mismo. En primavera, al contraluz de según qué soles, se pueden contemplar miles de deseos deslizándose en el cálido aire del año adolescente; algunas teorías abundan con insistencia en que se trata sólo de hilos de araña (las babas del diablo, en según qué culturas), tratando de reducir a ciencia cualquier cosa que vuele.

Tras la existencia del deseo puede rastrearse una intención clara de alguna dimensión difuminada; quizá es un intento comunicativo que llega desde el mundo de los muertos. Lo que resulta indiscutible es lo inaprehensible del deseo como concepto (calificarlo como tal ya es obviamente resbaladizo), las ganas de escaparse que se le insinúan como una sonrisa en cuanto atisba una pueril intención humana de reducirlo a contenido cerebral.

Hay tantos deseos como objetos y además están los objetos inmateriales, en fin: seamos científicos. Por cada persona, instante y mundo podría elaborarse una fórmula de cálculo; aplicando el resultado a la posible combinatoria de elementos existentes, resulta un número aproximadamente equivalente a “infinito factorial”. Incluso así el deseo se escapa.

Olvidemos pues definición, cantidad y contenido de los deseos. Restrinjamos la reflexión (por necesidades espacio-temporales) al “funcionamiento del deseo erótico”.



En un primer (inmediato y primitivo, por tanto “primer” cronológico y cromagnónico) e instintivo momento, pudiera parecer que se identifican deseo y ansia de posesión (en sentido sexual del término: “... y allí mismo la poseyó con vehemencia...”). Sin embargo, como se sigue de forma inmediata analizando la realidad de las noticias nuestras de cada día: semejante acepción de deseo genera un nivel de frustración no asimilable por individuos pacatos, motivo por el que en innumerables casos deviene delito. Para que pudiera tener lugar la consumación de esta acepción troglodita del deseo, sería necesario que al instante mismo en el que surge le siguiera una detención absoluta de la realidad en todas sus dimensiones, excepto en la voluntad y el cuerpo de la persona deseante, así como su capacidad para modificar todo a su antojo. Esta necesidad resulta sospechosamente semejante (al menos análoga) a la fantasía de “ser invisible” y poder campar al antojo por el entorno; por tanto, podemos concluir que no sólo es pueril al tratarse de algo simple y ramplón... también animal al prescindir de voluntades ajenas, convivencia social y respeto por el entorno espiritual de las personas. Sin comentarios.

Por todo ello, entre los seres civilizados en un segundo momento el deseo nos remite al inicio de un proceso que arranca con la comunicación (tanto verbal como no verbal) pero no se detiene ahí; se produce una invitación, un reto a iniciar el mecanismo de flirteo, que la persona deseada aceptará o no. Por tanto, el deseo tiene un componente fundamental de diálogo (dicho de otra forma, el deseo es una variante de diálogo que se desarrolla en el mundo sensual, aunque para ello a veces se utilice incluso el lenguaje verbal con sus conceptos y todo). Como proceso entre dos seres humanos, puede rastrearse en él un componente de poder (pretender la imposición del propio deseo sobre el deseo del otro, que a su vez acepta el reto con la intención inversa) respectivo y recíproco. Es un pulso en una dimensión de carne, un ritual sombrío y sabroso, una forma de entrega egoísta que simultáneamente anhela ser inversión desinteresada; un intercambio de placeres paladeado en el anticipo de un encuentro.

El tercer momento es una negociación encubierta, el guiño de simulación que significa hacer creer al otro que el deseo propio es el suyo; sabemos sin embargo que no hay dos deseos iguales y por tanto (probablemente sin una intención de falsedad) nos encontramos ante un juego de equívocos interpretativos. ¿Acaso puede firmarse un contrato comercial redactado en lenguaje poético? La polisemia de los conceptos, los múltiples valores del lenguaje y la imposibilidad de un discurso monovalente (biunívoco) convierten esta danza en un océano de arenas movedizas. Cualquier resquicio, fisura o poro encontrado entre las palabras del otro... será interpretado por uno como la clave, piedra de toque que dé sentido al conjunto del discurso (verbal y no verbal) ajeno. Y todo encaja: porque yo quiero que encaje, porque así me acerco a la consecución del deseo, porque desde esta confianza soy dueño del futuro del deseo.

Semejante tira y afloja tiene una limitada duración en el tiempo, pues la paciencia humana (en lo que a lograr un deseo se refiere) es tan limitada que sólo es capaz de prolongarse más allá de una eternidad en caso de encontrar un punto de inflexión. Éste es el que denominaremos aquí el cuarto momento; la cúspide del deseo mismo, que sólo se alcanza cuando la situación es tal que se invierte. La culminación de un deseo no consiste en poseer aquello que hemos deseado, como queda demostrado por todo lo expuesto. Demuestra haber superado el Tantra, estar más allá de Benjamin e integrar en su sabiduría todo el oriente y el occidente de la Historia en persona, quien consigue ser objeto del anhelo de aquello que desea. En otras palabras, sólo habrá visto cumplido su deseo quien tras desear a X, tras infinitos momentos de placer y batalla, consigue ser deseado por X. El encuentro carnal, por tanto, no es más que una pequeña escaramuza en la única guerra lícita: la que mantiene una persona contra su propio intelecto, el reto constante de moldear la realidad al antojo de sus deseos. Quien es capaz de alcanzar semejante meta, posee una riqueza que no es robable; exprime a Eros más allá de la materia. Convierte la seducción en un deporte supremo, intelectual y erótico... transforma la realidad en una endorfina, consiguiendo que el orgasmo sea el paisaje constante desde su mirador incomparable. Desear entonces resulta algo tan natural como respirar; finalmente, el mundo está a los pies de quien respira.

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