domingo, 3 de noviembre de 2013
Cotidianidad
miércoles, 23 de noviembre de 2011
EL TIEMPO UN ESPEJO
[Entrando despacio en el escenario desde la derecha hacia el centro; la mirada baja. Iluminación: sólo blanco]
[Se detiene, mirando al suelo]
... algunos dicen que estoy muerta...
[Levanta los ojos y mira al frente. Gesto grave]
Yo sólo me siento fría. [Se encoge de hombros]
Es un frío que me eriza la piel, como en los eclipses. [Recita inmóvil, sin un gesto. Sólo mueve los labios] Me disloca la mirada y me trastoca la cabeza; miro al horizonte para no marearme, pero no lo veo. Sólo hay piedras que me multiplican este frío metafísico, este frío que me busco en el cuerpo y no lo encuentro. Como si se hubiera ido ya, dejándome fría sin remedio.
[Camina en silencio hacia la izquierda del escenario, sin mover los brazos. Se detiene y comienza a hablar. Lentamente la luz se irá volviendo más y más amarilla mientras ella continúa hablando. Al final del párrafo, será de un amarillo insoportable]
[Vuelve a recitar sin gestos, hierática] ¡Qué me importa a mí la muerte! ¡¡La de nadie!! Si la he visto tantas veces que os la podría describir de pies a cabeza, ¿qué más me da la muerte? La vida me da frío, asco, ganas de llorar y mucha risa... [Riendo a carcajadas, histéricamente] ¡Qué más me dará la muerte! [Corta en seco la risa]
[Camina en silencio hacia la derecha del escenario, marcialmente. Casi desfila. A la altura de los 2/3 recorridos del escenario, la luz súbitamente se torna de un lila casi enamorado. Cambia de golpe pero ella no se inmuta y llega hasta el extremo derecho, donde se detiene con una sonrisa inocente, mirando al público]
[Describiendo un círculo una y otra vez con los brazos pero sin flexionar las piernas, mientras recita] Siempre quiero empezar de nuevo, no me canso... [Todo el rato con la sonrisa inocente, que aún no ha abandonado] cada vez que las cosas me salen mal, me repito en silencio: no te preocupes, la próxima será distinta. Desayuno, trabajo, duermo y meo. Todo el mundo quiere violarme en cada uno de estos hechos. Ya casi ni recuerdo cómo era el amor... ni el mar. [Paulatinamente la luz va cambiando hacia el blanco del inicio] No recuerdo el olor que las manos de los niños dejan en mis manos. [Solloza sin abandonar la sonrisa inocente. Detiene los brazos y los deja caer, muertos] ¿Y el calor de los sueños, arropando mis noches? [Gritando desgarradamente, ya con la luz blanca] ¡¡¡Por qué me los habéis robado!!!
[Camina lentamente y cabizbaja hacia el centro del escenario; una vez allí y de espaldas al público, con voz alta y clara, sentencia:]
Algunos dicen que estoy muerta, pero los muertos están siempre en la oscuridad, inmóviles y atentos... como vosotros. [Todo negro]
jueves, 10 de noviembre de 2011
Soy el típico...
Miro sus rizos risueños, el gesto de comerse el mundo que ostenta ese pimpollo; casi envidio semejante desparpajo sabiendo que le investigo. ¡Qué impertinencia, qué desfachatez, la de la juventud en ciernes! Me pregunto por qué viene a mi espejo, quién le ha dado vela en este entierro... cómo se quita las arrugas cada vez que vuelve a verme... me pregunto tantas cosas que me parece vivir un sueño: el de la infancia rediviva, preguntando a diestro y siniestro. ¿Pero acaso aún investigo? ¿Serán bolsas de curiosidad mis ojeras? Acaso acumulo en mis surcos, impares dudas y certezas.
Sube la mano, indolente; parece como si quisiera acicalarse para ir a conquistar el mundo entero. Yo lo miro desde el escepticismo, porque resulta imposible que haya un individuo en mí que tienda a lo donjuanesco; quizá es mi otro yo, el que tengo arrinconado más allá de la trastienda... en el rincón desde donde miro cada tarde el crepúsculo verde.
Me parece descubrir entre su maquillaje rosado una brizna de acné: sin duda es coqueto como un viejo venido a más, ahora veo que se trata de un especimen de flirteo. Algo así como el diseño de un muñeco que hiciera mi subconsciente, mi yo más ateo.
jueves, 1 de abril de 2010
RECUERDOS DE OTRAS VIDAS
Quizá se trate de nuestros sueños, que nos visitan: de los que provienen del inconsciente o de los que se forjan en el ámbito de las utopías: los anhelos que nuestra errante fantasía una vez convirtió en imágenes mentales; quizás ahora nuestra memoria nos traiciona, reconstruidos a nuestro antojo.
Cada instante eterno que constituye el día a día... el paraíso de una comida compartida con mi pareja, que se convierte en manjar sólo por ella, sólo por su presencia... el paisaje multicolor que adquiere matices de arte gracias a la suavidad de una mano que estrecha la mía... quizás sean solamente recuerdos de otras vidas: pasadas y mías o ajenas y sólo intuidas; quizás reencarnaciones instantáneas sin cuerpo ni tiempo, una comunicación de espíritus perdidos en este universo caótico... como en una tragedia griega...
Quizá sólo somos palos de algún dios ciego, que nos permite traer lo infinito desde lo ínfimo: acariciar almas afines, ser sublimes.
sábado, 27 de febrero de 2010
EL HOMBRE LOBO Y LA MUJER CAPERUCITA
Él trabajaba en una fábrica de “donuts” y soñaba con ser árbol, abrazar el cielo para divinizarse hasta abarcar el absoluto: era casi un arquetipo.
Ella en sus ratos libres colocaba dimensiones con la intención de que encajara el rompecabezas de la realidad; por las mañanas tejía ventas de teléfonos móviles con ínfima comisión, gracias a contratos que después, a la noche, deshacía mientras la miraba el universo desde una cautivadora novela; siempre la misma, siempre distinta.
Un fin de semana del mes de mayo, él había planeado buscar tesoros desde la soledad de un sendero. Para conseguir tal fin, se hizo con un detector de metales que cargó en el maletero de sus sueños y se perdió en el horizonte. Cuando le venció el hastío, pensó:
–Es un buen momento para bajar hasta el paisaje, acariciar las piedras.
Así lo hizo; después, caminó pausadamente con la única compañía del silencio natural. Su brazo derecho en tensión guiaba al detector sin esperar nada a cambio. Por su mente fluían sin cesar ideas tan sanas como la brisa, preñadas de libertad.
La sorpresa nació del ligero pitido de aviso, que se le clavó en el cerebro como un impuesto de sucesiones; ¿cómo podía ser cierto? El aparatito lo decía claramente: allí había algo. Escarbó un poco: no era precisamente una moneda, sino un cierre metálico con una inscripción misteriosa; aunque le daba vueltas, aquel símbolo no se parecía a nada conocido. Era semejante a una palmera y un triángulo entrelazados, pero al girarlo daba la impresión de ser un arabesco, o un cordón caprichosamente anudado.
Lo guardó en su bolsillo como quien escancia una música fresca y se marchó feliz. Al llegar a casa, frente al espejo, se miró largamente las manos, comprobando que aún tenía las uñas sucias.
–Tierra a la vista –se dijo. Y tras asearse, bajó a la calle con intención de ir a tomar una cerveza. En el mismo instante en que se disponía a cruzar un paso de peatones, tropezó con la mirada de ella: tan cristalina que pedía ser conversada.
La devoró allí mismo, sobre la acera; simultáneamente, ella le daba caza sin piedad ni misericordia. Así fue consumada una leyenda ancestral: ella era el cierre metálico abrazando sus muñecas suplicantes.
La esfera que describe un anillo que gira, es fantasmal y seductora como el alma de las reinas medievales.
lunes, 5 de octubre de 2009
OLLA (setevala)
Para mi percepción, se asemejan tanto la impronta y su ausencia, que sólo podría explicarlo con un texto fotográfico: en el que se ponga de relieve que lo negativo es el origen de toda verdad.
No haré un repaso exhaustivo de las huellas que puedan rastrearse en mis letras de aquella fugaz época pasada, pero baste decir que las palabras que grabo sobre el papel, son originales múltiples que delatan a mi mano convertida en plancha; la presión medida con la que estampo estas imágenes traducidas (y sus trazos de plumilla) quizá sólo pueda comprenderse en China.
Construyo mi casa cada día (pero es una instalación, no arquitectura) desde la performance que es mi vida.
domingo, 12 de julio de 2009
Piensas que la vida es una puta mierda, ¿verdad? Yo también lo creía hasta que te conocí.
Estas fueron las palabras del sabio durante nuestro primer encuentro, sus palabras de despedida. Entre nuestra presentación y ellas, sólo una conversación. De hecho, aquel primer encuentro ha sido el único hasta ahora; sus palabras, sin embargo, han crecido en mi memoria hasta convertirse en un motivo de reflexión constante para mí.Sin tomar ninguna decisión, sin conceder a aquel encuentro más importancia que la de un episodio pintoresco, he notado un cambio en mi actitud ante la vida. Sigo pensando lo mismo, pero de otra manera. La magia existe: yo soy tú, hablo del amor y de la guerra nuestra de cada día; quizás alzando la vista hasta lo sublime (ínfimo e infinito) alcance a contemplar de nuevo el rostro de aquel sabio. El cielo está tachonado de estrellas... el suelo, de alcantarillas.