jueves, 14 de agosto de 2014

NO-BESO

A veces un no-beso resulta una declaración de amor, una demostración pública de que te importa besar a la otra persona; de que te niegas a seguir el protocolo si va a quedarse sólo en eso. Y trasciende precisamente por no haber sucedido. Es el beso-recuerdo que se mece en el vacío de mil tardes lluviosas entre posibilidades que nunca fueron; que vienen para arroparnos en esa soledad primordial, estremecida, de la lluvia sobre el alma.



lunes, 28 de julio de 2014

JOAQUÍN MACHO (Malas memorias) 411 MP

En dos palabras, Joaquín MACHO era un cachondo mental. La típica persona que le quita hierro a cualquier acontecimiento hasta desnudarlo y presentarlo como lo que en el fondo es: una tontería.
Las casualidades de mi existencia saharaui quisieron que Joaquín MACHO y yo entrásemos en contacto. Entre otras cosas porque[1] durante un tiempo estuvimos compartiendo mesa cotidianamente. Ambos pertenecíamos a aquella Sociedad gastronómica que se formó casi espontáneamente, para hacer frente al aburrimiento cotidiano y proverbial que rezuma Kagan a la hora de comer.
Durante esos ágapes descubrí uno de los secretos de Joaquín MACHO para conseguir felicidad a los postres. La cosa era sencilla. Tras la comida y el café, un sobrecito de Almax para prevenir los ardores… que traería la irrenunciable copa de brandy. Yo le preguntaba: “¿Has probado a suprimir las dos cosas, sobrecito y copa? Quizá la cosa vaya mejor…” “¡Ni hablar! Sin coñac no me quedo”.
Las sobremesas por fortuna garantizaban al cantautor que Joaquín MACHO llevaba dentro. La sobremesa era nuestra.
Esto nos da una idea aproximada del carácter de Joaquín MACHO. Si añado que además de biólogo tenía una estética posthippie o semigrunge… que era ojisaltón, risueño y entrañable… Sólo me queda por decir que para conducir su Peugeot 505 reclinaba tanto el asiento que conducía tumbado.
Ni siquiera es necesario mencionar que al compartir piso también compartimos grandes momentos juntos. Inolvidables y cálidos. De ésos que sólo puede comprender quien alguna vez ha compartido piso con buena gente.
Al poco tiempo Joaquín MACHO tuvo que marcharse por imperativos laborales, aunque me buscó relevo para compartir el piso. Así fue como conocí a Marielo SOPA. Poco tiempo después Joaquín MACHO se casó y tuvo la deferencia de invitarme a su boda[2]. Eso sí: a través de Marielo SOPA le hice llegar mi regalo. Una berenjena natural[3].
A lo que sí asistí fue a la versión alternativa y hippiosa del banquete, como despedida de soltero… Algo informal, que consistió en una convivencia de fin de semana en un albergue. Copas, charlas y experiencias de lo más amistoso.
Después le perdí la pista… Supongo que era su pretensión, apartarse del mundanal ruido. Hace poco, navegando desde mi despacho, descubrí su rastro en Internet. Compagina su carácter de biólogo con la afición de poeta. Aunque de difícil acceso desde nuestra pacata dimensión, en el alma de Joaquín MACHO siempre latió un poeta. Por eso ya en tiempos de la Sociedad gastronómica cantaba mientras, durante la sobremesa, nos regalaba el sonido de su guitarra.



[1] Aparte de ser mi compañero de piso.
[2] Gesto al que yo no correspondí con mi asistencia. Por aquellos tiempos me negaba a colaborar en semejante pantomima social por una cuestión de principios. Pero genéricamente… nada personal.
[3] Salida de tono que me impidió llegar a conocer a la que sería su mujer: Mireia, a quien la sabiduría popular y maledicente apodaba “la guarra”.

miércoles, 11 de junio de 2014

TEORÍA DE LOS 50 AMIGOS (Y 2 FAMILIARES)

Hay quien opina que la vida es difícil. Puede que sea cierto en su caso, como en otros muchos.

Para solventar semejante contratiempo, propongo una alternativa al concepto tradicional de vida. No sirve para todo el mundo, por supuesto; es más, si todo el mundo acabara poniéndola en práctica, desaparecería. Es imprescindible que sea minoritaria… por otra parte, la condición humana hace que lo sea realmente.

Para llevar a cabo este proyecto, para plantearse uno la vida de esta manera, son necesarios una serie de requisitos.

El plan de vida es sencillo: tener 50 amigos que quieran, puedan y sepan dejarle vivir a uno una semana al año en su casa, como invitado.

Quedan un par de semanas para compartir con los seres más entrañables de la familia, como puedan ser hermanos o progenitores.

Para conseguir que la empresa se lleve a cabo con éxito, se requiere que –por parte de la persona decidida a vivir de esta manera- se cumplan los siguientes requisitos:

  1. No tener pareja ni adquirirla. Individualidad absoluta.
  2. Huir de las posesiones materiales. Sólo lo puesto y una maleta.
  3. Apertura mental hacia todas las formas de vida posibles.
  4. Respeto absoluto: creencias, raza, aficiones, deseos… hay que abandonar la idea de que uno es el mejor.
  5. Tolerancia de todo tipo de horarios, de costumbres, de dieta, de ideas…
  6. No envidiar nada de lo que puedan tener los anfitriones: ni material ni espiritual.
  7. Ser todo-terreno: bricolaje, cocina, informática y compra son temas básicos en los que el invitado debe aportar algo.
  8. Disposición a colaborar para todo y en todo momento. Lo último que debe llegar a pensar el anfitrión es que el invitado es un estorbo, una pesadez o una carga.
  9. Vivir el momento, carpe diem. No conformarse, sino adaptarse. La máxima debe ser: yo quiero lo que tú quieras.
  10. No hay futuro ni pasado. Tener siempre presente que la próxima semana todo habrá cambiado absolutamente
Desde el punto de vista del invitado, la idea está clara: vivo donde estoy, tengo lo puesto y no tengo nada que perder (no tengo nada) ni que ganar (lo tengo todo).

Pero el planteamiento del tema no tiene que ser sólo egoísta; también debe basarse en la empatía: personalizar la estancia en cada casa para hacer de ella algo único, irrepetible, inolvidable. Adaptarse a los gustos, preferencias y necesidades del anfitrión (a tal efecto, sería deseable elegir muy bien a los amigos, basándose sobre todo en la afinidad para una hipotética convivencia).
Téngase en cuenta que por lo general, lo que convierte la convivencia en una tortura es: por una parte, la tendencia del individuo a hacer más hincapié en la diferencia que en la semejanza; por otra parte, lo indefinido de la duración temporal de la convivencia. En nuestro caso, al estar limitada a una semana, desaparece esto último, además de facilitarnos la forma de atacar lo primero: la actitud del invitado hacia el anfitrión debe ser lo más semejante posible a la que tiene el visitante con el cicerone.

Interesarse por las costumbres ajenas y sus motivaciones, buscar las facetas positivas de las mismas, obviando lo negativo salvo para ayudar a mejorarlo. El invitado es un colaborador.

En la mayor parte de los casos es recomendable silenciar la condición de “invitado profesional”, dando a entender siempre la singularidad y unicidad del anfitrión (nunca se debe sentir equiparado a otros; lo más probable es que en este sentido se vería ninguneado), la gran persona que es y lo excepcional de su trato; pero no humillarse para ello, pues sería contraproducente: algo natural.

No comentar jamás el hecho de que uno carece de domicilio, que no tiene casa, que vive en 50 casas que no son suyas: esto haría disminuir la autoestima del anfitrión hasta llegar (en el peor de los casos) a sentirse utilizado y romper el vínculo de amistad, por considerar al invitado como un interesado (gorrón o aprovechado) cuando no es cierto: si viene a su domicilio y su vida, es primero por amistad y segundo para aportar algo bueno a la vida del anfitrión. Esto es y ha de ser indiscutible.

Como ejercicio de empatía, podemos formular ahora el decálogo de deseos que late en cualquier anfitrión con respecto a un invitado; no hay que perderlo jamás de vista.

Si yo invitase a alguien a mi casa durante una semana, ¿qué me gustaría que hiciera?

  1. Ser amable, pero no pesado. Dar conversación amena, divertida, enriquecedora… pero no pesada ni excesiva.
  2. Que sus costumbres no interfieran ni alteren las mías, que no me alteren el ritmo normal de vida.
  3. Colaboración en todas las tareas: domésticas, mecánicas…
  4. Sugerir y/u organizar alguna fiesta, acampada, acontecimiento extraordinario en general.
  5. Que no sea plasta de ninguna de las infinitas formas posibles.
  6. Su presencia tiene que aportar algo positivo, romper la monotonía e instalar una dinámica extraordinaria.
  7. Ideas para mejorar cualquier aspecto siempre serán bienvenidas.
  8. Disposición y tolerancia hacia cualquier aspecto de la vida tal y como yo la conozco.
  9. La presencia del invitado tiene que ser como un ramo de flores en la casa: invisible si no quiero fijarme en él, pero refrescante y alegre si le presto atención.
  10. El invitado es un puente levadizo que comunica mi castillo con el mundo exterior; que no lo pierda en ningún momento de vista.
Cuando haya transcurrido la semana de estancia en casa del anfitrión (fechas acordadas previamente por ambos y nunca más de 7 días), la sensación de éste tiene que ser agridulce; en caso contrario, la experiencia habrá sido un fracaso para ambos. La dulzura proviene de los días compartidos (prestos a convertirse en recuerdo idealizado) y la parte agria, de la necesaria despedida (aduciremos obligaciones ineludibles).


En todo caso, un momento emotivo tiene que ser compartido de forma espontánea en el compromiso adquirido de corazón por ambas partes: repetir al año siguiente; pero sin calendario fijo. Simplemente, ya quedaremos o nos llamaremos. Al marchar la sensación debe ser (para ambas partes) como si no hubiera pasado el tiempo, como si el invitado acabase de llegar ahora mismo: la vida es un soplo.


martes, 10 de junio de 2014

La rueda... de molino

Así es en España el negociete de la cultura. Conoces gente interesante que se caga en tu puta madre.

Es un precio pequeño para salir del hastío en el que viven los ricos.

En general, los artistas se dividen en tres grupos: los comprados, los sobornables y los incondicionales. Entre los primeros y los segundos sólo hay una diferencia temporal: los comprados lo son a tiempo completo, los sobornables… para cuestiones puntuales. Sobre los incondicionales, sólo decir que lamen el culo a cambio de lo que pueda caer; únicamente por las migajas.



jueves, 29 de mayo de 2014

REFLEXIONES DE UN RICO

¡Qué fácil es pedir justicia social cuando uno es pobre! Resulta casi una necesidad, un corolario. Lo difícil es intentar cambiarlo todo desde una posición de privilegio. Las más de las veces tus correligionarios te tildan de traidor, bobalicón o inconsciente; además, harán todo lo posible para inhabilitarte, ningunearte o peyorarte… por si acaso cundiera el ejemplo. Ante todo, corporativismo.

Como un profesor que durante la fiesta se disfrazara para acercarse a los alumnos: a buen seguro, alguno de sus compañeros le reprocharía “rebajarse” al nivel de los alumnos. Esa misma sensación siento yo entre mis compañeros de clase alta cuando expreso mis ideas sobre la justicia social.

“¡Si al menos lo dijera para perpetuar nuestro status!”, son sus afirmaciones egoístas. “Pero no, realmente quiere ser chusma, quiere ser pobre”.


Si actuara al revés, sería tan déspota como sólo puede serlo un “nuevo rico”; tal como lo hago, parece que me acerco más a la figura del “nuevo pobre” antes de haberme arruinado siquiera.


viernes, 2 de mayo de 2014

Otro aperitivo

ALBERTO “DINAMITERO”

Organizador nato, las ganas y las fuerzas se le escapaban por los ojos en todo momento. Desprendía un halo contagioso, el que hacía que todo pareciera posible. Ponía al alcance del corazón cualquier sueño referente a cambios en las cosas que pedían a gritos ser cambiadas.

Y había muchas, la Facultad era un hervidero de proyectos y personas que deseaban llevarlos a cabo por encima de las instituciones. Ciertamente parecía posible, alcanzable. Pero claro, el trabajo era ímprobo. Sólo catalizando voluntades, aunando ilusiones era posible, sería posible llevarlo a cabo. Alberto estaba dispuesto a eso: era un pedagogo vocacional, por eso mismo su paciencia era infinita en las explicaciones; para poner al alcance de su interlocutor todo aquello que fuera necesario, no desfallecía en explicaciones.

Muchas horas dedicadas a eso, al diálogo. Al final de unas jornadas que parecían eternas llegaba el cansancio; pero ni así se presentaba como posible que Alberto se replegara. Porque tras muchas horas de organización y debate, al llegar el momento del descanso… también había esa faceta de amistad, folklore y cercanía que él sabía cultivar. Imagínese la escena: anochecer de un largo día en el interior de la Facultad. La importancia de las tareas ha sido absorbente, reuniones maratonianas, proyectos que exprimen el cerebro, trato humano desgastante… a todo eso hay que añadir lo que es más peregrino: la supervivencia cotidiana para cualquier organismo; hambre, sueño, fatiga, cansancio…

Pero la noche no se presenta como un descanso, porque continúa en el interior de la Facultad: está “ocupada” y también allí se hace noche. Para las horas del descanso llega la camaradería más allá de las diferencias de criterio, arrimar el hombro con la guitarra entre las manos; aunque no se sepa cantar, es indiferente. Resulta más importante dejar patente que somos nuestro propio espectáculo, que no necesitamos televisores ni actores ajenos. Hay personalidades magnéticas y Alberto era una de ellas; esto incluye la capacidad de arrastrar multitudes cuando es necesario o se da la oportunidad, pero también un trato individual seductor si llega el caso.

Y al caer la noche así era. En ese instante cada uno seguía su propia naturaleza, sin dudarlo; había quien se desmelenaba en la música, el deporte, los juegos de mesa, el sexo, la conversación… tiempo no faltaba, más bien lo contrario. Estaban los lugares de reunión, como la sala de alumnos o el recibidor de la Facultad. Pero también había infinidad de aulas esperando para acoger a cualquier grupo para darle cobijo. Aunque el grupo fuera de dos y el cobijo lo llevaran puesto: había una buena cantidad de anécdotas sobre quienes iban buscando un rincón solitario y encontraban que ya estaba ocupado: así les pasó a Blanca y Edorta, por ejemplo, que fueron sorprendidos “en el acto”. Más de una noche se buscaba recolocar cuerpos entre aquella vorágine social que todo lo llenaba. Esto eran los primeros días de encierro, claro, después poco a poco fueron llegando la desmotivación y el desencanto, el repliegue a lo individual: la gente se fue descolgando, con falta de una ilusión que empezaba a estar erosionada. Mientras el bullicio era absoluto, ahí estaba Alberto para echar leña al fuego; cuando pasaron los meses y llegaron las horas bajas, ahí estuvimos los incondicionales, los de la entrega sin límite.

Y Alberto era uno de ellos, porque no sólo estuvo en los momentos de posible lucro erótico-afectivo. También formaba parte de la infraestructura incombustible, de dar la cara en los momentos difíciles: el diálogo con los estamentos universitarios, por ejemplo, o de comunicados a la prensa. Convocar movilizaciones era algo a la orden del día, para eso había que tener capacidad de convocatoria y arengar al colectivo estudiantil, que de por sí estaba ya motivado. Pero dar la orden en el momento justo, planificar y valorar… eran tareas que por sí solas ya estaban reservadas a una élite. A la cabeza de la misma estaba Alberto. Era especialista en quitarle importancia a los obstáculos, contagiar entusiasmo y convicción en la propia capacidad. No es que la masa le siguiera ciegamente, es que la gente se percataba de que sólo continuar hacia adelante, a su lado. Durante aquellos días tuvo lugar la RGU (Reunión General de Universidades), que agrupaba fuerzas provenientes de toda España. Y se celebraba en Salamanca: organizar aquel encuentro lógicamente era una tarea infinita, pero ahí estábamos. Ahí estaba Alberto como referente, siempre que se le necesitara: acudir a él era como consultar dudas con un guía.

Fueron meses de trabajo sin descanso, sólo momentos de asueto… pero con la cabeza siempre maquinando. Mientras la Facultad estuvo ocupada, no fue algo meramente pasivo; se organizó una “Facultad alternativa”, que incluía clases y conferencias, pero fuera de los casposos cauces heredados: sólo sangre nueva, entre la que se incluyeron profesores y catedráticos voluntariamente, para colaborar en lo que era una fuerza emergente, con la energía capaz de terminar con un fósil. En todo este entorno, acompañando a semejante panorama pleno de ilusión, siempre estaba Alberto. Pero a medida que iba pasando el tiempo, el conjunto de gente que trabajaba por el futuro de aquella movilización iba disminuyendo. Esto no nos hacía desfallecer, porque cualquiera que conozca mínimamente el funcionamiento de los grupos humanos, sabe que es así.

En febrero del 87 se suspendieron las clases “sine die”, que ya no se reanudaron hasta octubre, cuando empezó el curso siguiente. Hasta el verano aquello fue un laboratorio en el que podía estudiarse toda la antropología posible. Cinco meses de encierro dan para mucho; el verano terminó con aquel sueño, porque la mayoría de la gente era de fuera y en esa época volvió a su terruño. Nos quedó el orgullo de no haber desfallecido, de jalonar aquel año con unos referentes atemporales que deberían ser la envidia de cualquiera con ganas de cambiar el mundo. Y allí estaba Alberto, en un “mayo del 68” redivivo pero 20 años después, el tiempo que se tardó en importarlo desde Francia.

Actualmente Alberto es profesor en la Universidad, se le puede encontrar en directorios informáticos de los que nos regala una red que en aquel tiempo no existía ni en sueños. Desde la ventana de su Departamento en la Facultad de ahora, seguramente mirará hacia las calles actuales, pensando sin duda en lo resignada que se ha vuelto una sociedad complaciente y domesticada.
En fin, quienes compartimos su suerte no podemos arrepentirnos de nada de lo hecho: si acaso de lo que no hicieron otros cuando debieron, para que el panorama actual no fuera tan desolador.

Fragmento de "Malas memorias", en preparación.

miércoles, 2 de abril de 2014

SUBNORMALES DE ÚLTIMA GENERACIÓN

Les dicen: sois la generación mejor preparada de la Historia de la Humanidad. Ellos se lo creen, claro, porque es grato escuchar palabras que te adulen que te regalen el oído. Ellos se creen la cúspide de la pirámide, que su imaginación rellena de ego. “Sólo hay un pequeño problema”, les dicen. “Es que no podéis trabajar por lo que os merecéis (las circunstancias son ingratas, mala suerte) y tendréis que arrastraros por una limosna, como los mendigos de la Edad Media”. Claro, como han creído la primera parte y les gusta pensar que sea cierta, no pueden dejar de creer la segunda aunque quieran (es corolario de la primera) y transigen con el mercado esclavista, del que son la carnaza. Ya se han ocupado antes de aleccionarles muy bien sobre cómo hay que creer a los que dicen que uno es el mejor del mundo. Así viven, con los oídos llenos y el estómago vacío; de audiovisuales repletos y el cerebro desamueblado. Sólo que el argumento es falaz desde el inicio, porque si fueran los mejor preparados, su educación también incluiría la manera de optimizar el rendimiento de sus esfuerzos; es de imaginar que los mejor preparados de la Historia de la Humanidad no tengan que depender de pelagatos ignorantes repletos de dinero conseguido exprimiendo a los humanos. Es de imaginar que el individuo pleno, completo, casi perfecto, no tenga que esperar la misericordia y la benevolencia de quienes (aunque ricos) no saben hacer la O con un canuto. Es de sospechar que tras todo este discurso se apelotonen los mismos intereses de siempre, que ahora de manera más sutil y con engaños psicológicos vienen a sustituir las famosas cuentas de colores.

Resulta, como mínimo, sospechosa la inacción de todo este colectivo de genios que cotidianamente nos cruzamos por la calle. Pero al fin, quienes han inventado toda esta argumentación incontestable… no son tan imbéciles como nos gustaría, porque –ellos sí- optimizan lo que saben para disfrazar esta nueva esclavitud con disfraces de solidaridad, de valores muy humanos que tienen que resignarse a un devenir histórico que –aunque no hayan provocado- deben resignarse  a contemplar como horizonte.