jueves, 28 de marzo de 2013

Acaso...

Acaso el suicida sea la reencarnación de un conocimiento superior, más absoluto y englobante que el del común de los mortales. Superada ya la trivial y básica, inmediata afirmación que compartimos casi todos: soy importante porque soy precisamente yo. Acomodamos la realidad a ese hecho, buscamos formas de clasificarla y ordenarla de manera que encaje todo en este axioma.


Acaso el suicida haya superado ya esta etapa tan primaria que es el egoísmo de la supervivencia y –ya sin lastres- llega a la conclusión de que en el fondo hay cosas que están por encima de las opiniones y los intereses. Esta suerte de ‘divinidad-venida-a-menos’ alberga un doble principio: de un lado, reconoce su capacidad de enjuiciar y valorar más allá de sus intereses particulares; de otro, ignora conclusiones ajenas por no ser de su cosecha.

Acaso el suicida está tocado de una clarividencia que se nos escapa (figurada y literalmente) como una dimensión oculta, o una civilización extraterrestre. ¡Qué condena! Ser suicida en un mundo lleno de vivos planos, de mezquindades materiales que se agotan enseguida. Tanto lastre, tanto débito superando a las personas. Quizá un día se nos haga la luz y veamos más allá de nuestra pacata realidad, tan material y tan inmediata. Pero quizá si accedemos al conocimiento superior, acabemos también siendo suicidas.

Acaso el suicida no cabe en este mundo mezquino y posea otra escala de valores… la de quien se sabe prescindible, la de quien es capaz de prescindir de todo. Mientras, seguimos en esta realidad mezquina, incomprendiendo y juzgando almas a la deriva.

Acaso todos somos suicidas en potencia; sólo nos falta un hecho, una claridad, para pasar al acto. ¿Qué es la muerte para un suicida, sino un objetivo? El centro de su diana, la meta de su vida. Puede que acepte gustoso aquello que los demás negamos, puede que se nos adelante en el tiempo y el espacio. Acaso vivimos en una sociedad en la que quien madura se suicida.

Acaso es nuestra ignorancia la que nos impide compartir ese punto de vista. Quizá mientras seamos lerdos, continuemos vivos. O puede que la muerte sólo sea un pasaporte a otra dimensión, algo que descubre el suicida.

Acaso el suicidio es un embajador de otro mundo que ha venido a rescatarnos y le ignoramos, arrinconándole en la incomprensión.

Acaso el suicidio es un concepto metafísico, involuntario… y sin saberlo, cuando estamos en el punto perfecto, morimos. Acaso la muerte no sea sino un suicidio involuntario.

lunes, 18 de marzo de 2013

Piénsalo bien



Piénsalo bien. La madurez consiste en eso. Vas aprendiendo a hacer del orgasmo algo puramente mental, intelectualizándolo. A medida que envejeces te vas quitando lastres materiales. Casi te conviertes en espíritu puro. Ya quedan lejos las prioridades adolescentes y hedonistas: todo dirigido al placer físico. Te haces viejo y te vas refinando, haciendo más sibarita. Personalizando el placer. Ya no te valen aquellos placeres tan simples, tan inmediatos y fáciles, al alcance de cualquiera (o casi). Hay quienes por comodidad, facilidad o naturaleza se quedan ahí. No maduran. Eternos adolescentes hasta llegar a viejos verdes. Siguen buscando el placer fácil, sin crecimiento ni conocimiento.


Piénsalo bien. Llega un momento en el que el cuerpo es lo de menos, porque el placer habita en la muerte. La madurez consiste en esto.

Ya no follas o te la cascas, aunque podrías hacerlo. Pero dejas de buscar esos ‘picos’ en la curva; el placer se ha instalado en tu vida hasta tal punto que es constante si lo dominas. Ya eres uno con el placer, constantemente, porque lo encuentras en todo. Quizá no sea madurez, sino sabiduría. ¡Qué más da! Si es placentero, en definitiva.

Piénsalo bien.

martes, 5 de marzo de 2013