Ahora me voy un rato, de viaje al pasado… en fin, eso son unas
memorias ¿no? Un viaje en el tiempo, pero al abrigo del presente: un recorrido
por paisajes que alguna vez no nos resultaron ajenos. Salgo pero no huyo, mi
cuartel general es éste: los episodios contables sólo escaramuzas en la batalla
de la vida. Las cosas como pudieron ser y no fueron; o mejor: como no pudieron
ser. Hipótesis de especulaciones, pasados posibles, imposibles… deseos
consumidos, no consumados; actos fallidos y actos follados. Juegos de palabras
y palabra de juego. Armonías ajenas pendientes como telarañas ¿a quién le
interesan ya, si no es como materia de entretenimiento para una tarde de
invierno, junto a la mesa camilla?
viernes, 17 de octubre de 2014
viernes, 3 de octubre de 2014
LITERATURA FICCIÓN
Pagar
por leer dejará de ser esa fórmula ancestral que conocemos desde la Revolución
Industrial y sus coletazos de derechos de autor.
La
difusión del saber se convertirá, gracias a Internet, en el corolario de algo
tan elemental como la biblioteca de Alejandría; se comprenderá así, por fin,
que todo el proceso intermedio era tan prescindible como deleznable: poner el conjunto
de la sabiduría al servicio de la mentalidad empresarial (tan primaria como
pacata).
Así,
los libros –además de ser infinitamente diferentes, como los conocemos en la
actualidad– se pagarán después de haberlos leído y sólo si el lector considera
que el autor merece ser subvencionado con su micro-crédito (que no limosna); el
dinero será tan sólo una forma de traducir (a un lenguaje universalmente
entendible) el refuerzo positivo, la admiración, el coraje y la calidad del
autor, quien –en todo caso– seguirá escribiendo aunque no pague nadie.
Pagar
por leer se convertirá en algo gratificante para quien lo hace, pero también en
una obligación moral para quien recibe el pago: seguir adelante, en la misma
línea, profundizando. Y si alguien lee y no puede pagar por falta de recursos,
resultará indiferente: la obra ya habrá cumplido su misión comunicativa,
dejando a la transacción financiera en el segundo plano que le corresponde.
Con
semejante filtro –tan natural como justo– abandonaremos ese acto de fe que
significa (a día de hoy) comprar un libro: pagar por adelantado algo que no
sabemos si nos gustará, estará rancio o caducado… Esta concepción actual
trasluce un complejo de inferioridad de los autores, el temor a no ser
reconocidos por el público: ni más ni menos que una crisis de vocación, de
autoconfianza y también de confianza en la propia calidad… disfrazada de forma
capitalista. Eso sin entrar a valorar los débitos en que se incurre al obrar de
esta manera: clientelismo, favores debidos, lameculismos en general…
Algún
día nos parecerá demencial e inconcebible lo que hasta hoy nos ha parecido de
lo más normal, mediatizados como estamos por una mentalidad adocenada que nos
dicta (de “dictadura”) las maneras de pensar y apreciar todo cuanto se refiere
al mundo del arte en general y de la literatura en particular.
Entonces
la obra se valorará sólo por sí misma, lejos de los mercados y los ortodoxos
juicios de críticos que viven gracias a sueldos amasados en la trastienda de la
conciencia: mezquinos, pero con el disfraz del arte (que por definición y por
fortuna, siempre ha estado más allá de semejantes manoseos).
Ese
día sabremos que finalmente ha cambiado el paradigma desde el que evaluamos una
obra, privándose del lastre de las inconscientes deudas intelectuales y las
pacatas autojustificaciones. Entonces –aunque los ricos no quieran- el arte
será gratis y revolucionario; para eso se necesita también un cambio de
mentalidad, una educación en valores lejanos del tintineo. La coincidencia de
ambos cambios no sólo será definitiva: además, tendrá un imposible retroceso.
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sábado, 27 de septiembre de 2014
AZIMUT Y PARALAJE
Instrucciones
aparentemente verdaderas para disfrutar de la visión de coños en lugares no
nudistas; advertencia para que las no-conscientemente-exhibicionistas corrijan
sus actitudes (si quieren).
El
punto de partida fundamental para el mirón será la elección adecuada del lugar
de observación: a tal efecto, lo más indicado es situarse tras la cabeza de la
nínfula elegida, consiguiendo con ello un lugar doblemente privilegiado (por no
poder ser descubierto por ella y porque le permitirá una óptima observación). Ella
estará tumbada sobre una toalla, sobre la arena o sobre una tumbona: en
cualquiera de los casos, nuestro mirón se colocará en el enclave indicado, pero
además de manera elevada (lo que sin duda le facilitará la observación): una
tumbona tiene la altura ideal, con toda certeza.
Una
vez dispuesto a la cacería visual, se acomodará en su atalaya sin despertar
sospechas, haciendo gestos y ademanes mesurados (aunque no exceso, que pondrían
sobre aviso al entorno). Para elegir el lugar más perfecto de los posibles,
nuestro protagonista dedicará un buen rato a aplicarse bronceador pausadamente…
pues con ello puede sin duda matizar su posición hasta el extremo, pudiendo
alcanzar la perfección en la perspectiva (si se esmera). Con las gafas de sol
tendremos ya el complemento idóneo para el disfraz; colocado boca arriba sobre
su tumbona, el mirón tendrá en el centro de su campo visual (como al descuido,
como por casualidad, como si no fuera importante) el cuerpo elegido para la
ocasión. Así, mejor que cualquier lectura, realidad virtual o imaginación a su
alcance, nuestro mirón tendrá a su disposición una especie de “canal Gran
Hermano” a tiempo completo, desde el que poder ir degustando todos los matices
del bronceado ajeno. Disfrutará sin duda de cada episodio de la escaramuza por
minucioso que sea; pero además –con la debida paciencia- llegará tarde o
temprano ese mágico instante en el que ella, boca arriba, elevará la cinta
superior de la parte triangular de su bikini: no se sabe muy bien si esto
obedece a un ademán presumido, a un afán de perfección, a una duda sobre el
funcionamiento cósmico (quizá más bien necesidad de ventilación o efecto
mariposa) o simplemente se trata de un mero gesto de displicencia. En ese
instante eterno, durante esa milésima de elevación de la cinta… se hará visible
para nuestro mirón el interior del valle delimitado por las dos crestas
ilíacas, esa depresión en la que reside el mayor volcán del organismo humano.
Bajo la carpa colorida de ese instante, asomará el pigmento del cabello crespo
y coloreado… o bien el brillo lampiño fruto del tesón humano; en ambos casos,
el instante eternizará la materia en la memoria de nuestro protagonista. Lo
demás lo hará ya el recuerdo, modificando la realidad a su antojo… El instante
ya será eterno; ella jamás tendrá conciencia de exhibicionismo alguno, sólo de
perfeccionismo o de coquetería.
En la
antigüedad, tanto los sabios como el común de los mortales pensaban que el
cielo era una cúpula a la que estaban adheridas las estrellas, colgantes;
desconocían la inmensa distancia que separaba su visión de ellas y por tanto
también que al desplazarse en la tierra no se alteraba la distancia entre
ellas.
Una
mirada, un sexo, una intención, un deseo… ¡qué distancia tan relativa!
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tontería pura
sábado, 13 de septiembre de 2014
El submundo de las ideas
¡Cuántas veces llega la
inspiración en circunstancias adversas! Por cualquier motivo, imposible
anotarlas; entonces nos empeñamos en memorizar para después... y entonces
surgen en tropel, fluyen más ideas, como aprovechando que se ha levantado la
veda. Queremos recordarlas todas, pero alguna siempre se escapa, huye hacia el
éter o la vida; es lo que yo llamo "ideas que se ahogan en la ducha",
infinitas porque las agiganta la desmemoria. Muchas veces prescindibles, pero
otras: se las queda el genio que llevamos dentro. El inconsciente individual.
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sábado, 30 de agosto de 2014
Una reflexión (pequeña)
La posesión sexual no es algo físico,
sino intelectual. La prueba está en su pretensión de trascender la materia,
prolongarse más allá del dominio de un cuerpo, para erigirse en figura social
(matrimonio) como declaración pactada de status respectivos: ya lo dijo
Foucault. Por todo ello, no puede pretenderse una posesión sexual sin
proyección de propiedad vital, salvo que podamos llegar a concienciar de una
libertad inimaginable a día de hoy. Es el miedo a la libertad de Fromm en su
versión sexual.
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filosofía,
pensamiento,
símbolo,
sociedad
jueves, 14 de agosto de 2014
NO-BESO
A veces un no-beso
resulta una declaración de amor, una demostración pública de que te importa
besar a la otra persona; de que te niegas a seguir el protocolo si va a
quedarse sólo en eso. Y trasciende precisamente por no haber sucedido. Es el
beso-recuerdo que se mece en el vacío de mil tardes lluviosas entre
posibilidades que nunca fueron; que vienen para arroparnos en esa soledad
primordial, estremecida, de la lluvia sobre el alma.
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estética,
melancolía,
metáfora,
símbolo
lunes, 28 de julio de 2014
JOAQUÍN MACHO (Malas memorias) 411 MP
En
dos palabras, Joaquín MACHO
era un cachondo mental. La típica persona que le quita hierro a cualquier acontecimiento
hasta desnudarlo y presentarlo como lo que en el fondo es: una tontería.
Las
casualidades de mi existencia saharaui quisieron que Joaquín MACHO y yo entrásemos en contacto. Entre otras cosas
porque[1] durante un tiempo
estuvimos compartiendo mesa cotidianamente. Ambos pertenecíamos a aquella Sociedad gastronómica que se
formó casi espontáneamente, para hacer frente al aburrimiento cotidiano y
proverbial que rezuma Kagan a
la hora de comer.
Durante
esos ágapes descubrí uno de los secretos de Joaquín MACHO para conseguir felicidad a los postres. La
cosa era sencilla. Tras la comida y el café, un sobrecito de Almax para prevenir los ardores… que
traería la irrenunciable copa de brandy. Yo le preguntaba: “¿Has probado a
suprimir las dos cosas, sobrecito y copa? Quizá la cosa vaya mejor…” “¡Ni
hablar! Sin coñac no me quedo”.
Las
sobremesas por fortuna garantizaban al cantautor que Joaquín MACHO llevaba dentro. La sobremesa era nuestra.
Esto
nos da una idea aproximada del carácter de Joaquín
MACHO. Si añado que además de biólogo tenía una estética posthippie o semigrunge… que era
ojisaltón, risueño y entrañable… Sólo me queda por decir que para conducir su Peugeot 505 reclinaba tanto el asiento
que conducía tumbado.
Ni
siquiera es necesario mencionar que al compartir piso también compartimos
grandes momentos juntos. Inolvidables y cálidos. De ésos que sólo puede
comprender quien alguna vez ha compartido piso con buena gente.
Al
poco tiempo Joaquín MACHO
tuvo que marcharse por imperativos laborales, aunque me buscó relevo para
compartir el piso. Así fue como conocí a Marielo
SOPA. Poco tiempo después Joaquín
MACHO se casó y tuvo la deferencia de invitarme a su boda[2]. Eso sí: a través de Marielo SOPA le hice llegar mi
regalo. Una berenjena natural[3].
A
lo que sí asistí fue a la versión alternativa y hippiosa del banquete, como
despedida de soltero… Algo informal, que consistió en una convivencia de fin de
semana en un albergue. Copas, charlas y experiencias de lo más amistoso.
Después
le perdí la pista… Supongo que era su pretensión, apartarse del mundanal ruido.
Hace poco, navegando desde mi despacho, descubrí su rastro en Internet. Compagina su carácter de
biólogo con la afición de poeta. Aunque de difícil acceso desde nuestra pacata
dimensión, en el alma de Joaquín
MACHO siempre latió un poeta. Por eso ya en tiempos de la Sociedad gastronómica cantaba
mientras, durante la sobremesa, nos regalaba el sonido de su guitarra.
[2] Gesto
al que yo no correspondí con mi asistencia. Por
aquellos tiempos me negaba a colaborar en semejante pantomima social por una cuestión de principios. Pero genéricamente… nada personal.
[3] Salida
de tono que me impidió llegar a conocer a la que sería su mujer: Mireia, a quien la sabiduría popular y maledicente apodaba
“la guarra”.
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