jueves, 1 de abril de 2010
RECUERDOS DE OTRAS VIDAS
Quizá se trate de nuestros sueños, que nos visitan: de los que provienen del inconsciente o de los que se forjan en el ámbito de las utopías: los anhelos que nuestra errante fantasía una vez convirtió en imágenes mentales; quizás ahora nuestra memoria nos traiciona, reconstruidos a nuestro antojo.
Cada instante eterno que constituye el día a día... el paraíso de una comida compartida con mi pareja, que se convierte en manjar sólo por ella, sólo por su presencia... el paisaje multicolor que adquiere matices de arte gracias a la suavidad de una mano que estrecha la mía... quizás sean solamente recuerdos de otras vidas: pasadas y mías o ajenas y sólo intuidas; quizás reencarnaciones instantáneas sin cuerpo ni tiempo, una comunicación de espíritus perdidos en este universo caótico... como en una tragedia griega...
Quizá sólo somos palos de algún dios ciego, que nos permite traer lo infinito desde lo ínfimo: acariciar almas afines, ser sublimes.
martes, 23 de marzo de 2010
Si quiere ver la vida color de rosa...
A lo mejor dos manoscuatro manos
llevan más agua
de lo que muchos piensan
a lo mejor dos manos
han inventado el mundo
y nadie lo sabe
dos manos que fluyen
a lo mejor dos manos
que viajan
van a destruirse
se buscan sin que nadie se detenga
a arañarlas
dos manos que se devoran
a lo mejor dos manos
han creado un ángel
a lo mejor dos manos
han puesto
un punto rojo encima de dos engaños
en una noche
y han creído que sí
que sí
que sí
que era eso
que el mar se les salía por los ojos
que el mar poblaba las playas
y hacía conjuros
y firmamentos
antes de nacer el día
porque el mar es un héroe
un héroe mutilado
es un proscrito
el mar es un pensamiento
un pensamiento en destierro
pensamiento de cielo.
Fragmento de "A lo mejor es Circe" (1986), a dúo con Prieto Herrera.
domingo, 14 de marzo de 2010
martes, 9 de marzo de 2010
Una vez hablé con el cáncer

Una vez hablé con el cáncer.
No es la muerte. No es como todo el mundo cree. Se viste con nuestro cuerpo, lo disfruta.
Hablamos durante una noche sin insomnio y no nos comprendimos. Quizá por eso se fue. Yo tenía anestesiadas las palabras y el pasado lleno de miedo. Pero le miré a los ojos; porque el cáncer tiene ojos. Después de aquella noche no he perdido el vértigo al escribir su nombre. Casi puedo decir que pasó la noche y no pasó nada.
Quizá no me reconoció. Quizá sólo quería hablar conmigo.
Tiene que ser duro ser cáncer. Pasó la noche y sigo aquí. No le espero, tampoco le rehuyo. Creo que no tenemos nada que decirnos, ya lo sabe. Aquella noche hablamos de muchas cosas.
Fumamos, tomamos café, reímos, pero sobre todo hablamos. Ni siquiera hicimos el amor, aunque yo me moría de ganas. Pero el cáncer es así. Nos deja fumar, reír, pero no nos deja hacer el amor cuando nos invade el deseo. Tiene la piel fina y olor a madera vieja carcomida. Es curioso: no se le nota la soledad, ni tiene ojos de haber llorado. Se va un rato después del amanecer, cuando comienza la vida ahí fuera. No tiene rostro de enfermera, más bien parece alguien que no vive aquí.
Poco tiempo después nos volvimos a encontrar y no me reconoció. Parecía alguien ajeno, pero no se lo reprocho. Yo miraba su rostro y me parecía casi imposible haber estado toda una noche hablando con él, alguna vez en el pasado. En ocasiones siento su rostro como un destello, en el recuerdo (si es que las palabras tienen rostro). Algunas veces aspiro hondo y mis pulmones se ven invadidos por un olor amarillo y blanco, de piel fina.
Acaricio mi sonrisa, sé que soy afortunado. No conozco a nadie que haya hablado con el cáncer. Por eso siento miedo de hablar, porque quizá sólo yo haya estado hablando con él. Porque quizá sólo yo le guste. Puede que cualquier día vuelva, cualquier noche. Ya no sé qué decirle, pues aquella noche se lo dije todo y se mostró indiferente.
No es la muerte, es sólo una prórroga, un aplazamiento.
Quizá se fue sin decirme nada porque no estoy preparado para comprender. Quizá no entendí lo que me dijo porque no hablamos el mismo idioma. Quizá cada uno de todos nosotros tiene su cáncer y el mío es indeciso. Puede que sea sólo el embajador de una muerte que aún no comprendemos.
Una vez hablé con el cáncer y no me sirvió de nada, pero soy afortunado.
sábado, 6 de marzo de 2010
en los espejos de la reina se encuentra la plaza de méxico

Un recuerdo es un monolito; los mosaicos restos de otras gentes y otras vidas. Primero matamos las serpentinas de colores obscenos, los peinados rococó y las ínfulas doradas o rojas. Con el tiempo añoraremos nuestros desdoblamientos y serán metáforas, pinceladas o argumentos.
Se está cayendo el cielo, esta mañana es la nostalgia del agua cuando añora su origen. Llueve cálidamente, como un llanto del corazón; entre las fisuras del cristal se pueden contemplar abismos o paisajes increíbles, y sentir el vértigo de una tentación: acabar con todo y -por arte de magia- el destello de la vida es un resplandor, un espejismo.
Busquémonos en las libretas del recuerdo, quemando todo presente que no sirva para salvarnos de nosotros mismos: nuestro peor enemigo. Escalan por las atalayas -casi reptando- los venenos preparados para nuestra ausencia; luchar a cada momento contra conspiraciones es bruñir el ornato del futuro más querido, sí, pero también hipotecarnos... suenan los aldabonazos en el portón, ya nada queda... hasta el bullicio penetra por las ojivas. El tiempo pide nuestra cabeza.
martes, 2 de marzo de 2010
sábado, 27 de febrero de 2010
EL HOMBRE LOBO Y LA MUJER CAPERUCITA
Él trabajaba en una fábrica de “donuts” y soñaba con ser árbol, abrazar el cielo para divinizarse hasta abarcar el absoluto: era casi un arquetipo.
Ella en sus ratos libres colocaba dimensiones con la intención de que encajara el rompecabezas de la realidad; por las mañanas tejía ventas de teléfonos móviles con ínfima comisión, gracias a contratos que después, a la noche, deshacía mientras la miraba el universo desde una cautivadora novela; siempre la misma, siempre distinta.
Un fin de semana del mes de mayo, él había planeado buscar tesoros desde la soledad de un sendero. Para conseguir tal fin, se hizo con un detector de metales que cargó en el maletero de sus sueños y se perdió en el horizonte. Cuando le venció el hastío, pensó:
–Es un buen momento para bajar hasta el paisaje, acariciar las piedras.
Así lo hizo; después, caminó pausadamente con la única compañía del silencio natural. Su brazo derecho en tensión guiaba al detector sin esperar nada a cambio. Por su mente fluían sin cesar ideas tan sanas como la brisa, preñadas de libertad.
La sorpresa nació del ligero pitido de aviso, que se le clavó en el cerebro como un impuesto de sucesiones; ¿cómo podía ser cierto? El aparatito lo decía claramente: allí había algo. Escarbó un poco: no era precisamente una moneda, sino un cierre metálico con una inscripción misteriosa; aunque le daba vueltas, aquel símbolo no se parecía a nada conocido. Era semejante a una palmera y un triángulo entrelazados, pero al girarlo daba la impresión de ser un arabesco, o un cordón caprichosamente anudado.
Lo guardó en su bolsillo como quien escancia una música fresca y se marchó feliz. Al llegar a casa, frente al espejo, se miró largamente las manos, comprobando que aún tenía las uñas sucias.
–Tierra a la vista –se dijo. Y tras asearse, bajó a la calle con intención de ir a tomar una cerveza. En el mismo instante en que se disponía a cruzar un paso de peatones, tropezó con la mirada de ella: tan cristalina que pedía ser conversada.
La devoró allí mismo, sobre la acera; simultáneamente, ella le daba caza sin piedad ni misericordia. Así fue consumada una leyenda ancestral: ella era el cierre metálico abrazando sus muñecas suplicantes.
La esfera que describe un anillo que gira, es fantasmal y seductora como el alma de las reinas medievales.



