miércoles, 31 de diciembre de 2014
El tiempo un espejo
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lunes, 29 de diciembre de 2014
GENIO (Malas memorias) 143 MP
Pretendía
ser una cafetería de parejitas y a veces lo conseguía. Con esa rentabilidad
empresarial escasa pero habitual que otorga una clientela tan fiel como celosa
de su intimidad y escasa de recursos.
Mesitas
de mimbre y cristal, juegos de mesa, música tranquila y camarero amable. Lo
justo para dejar desfilar las horas a su ritmo, a su antojo: entre arrumacos.
Barra de madera con tejadillo, pantalla grande de televisión (aunque no
gigante) y ambiente acogedor. Éstos eran los valores con los que contaba el Genio.
Pero
su localización y ambiente lo hacían receptivo también para otro tipo de
público menos estandarizado y también menos previsible. Por comodidad,
costumbre o casualidad, allá por el ’83 se empezó a convertir en un sitio
propicio para lo que ahora se denomina quedadas[1].
Quizá
por amable y neutro, el Genio
resultaba un terreno idóneo para el inicio de una relación de las denominadas cita a ciegas. Por entonces, sin
internet ni móviles, eran casi patrimonio exclusivo de la radioafición: y si era pirata, mejor.
Además
el Genio contaba con la
característica de estar cerca de la casa de Jesús Onza. Así
que éste lo utilizaba para intentar llevar a cabo sus tácticas envolventes
(supuestamente exitosas) con las que conseguir ligarse a alguna churri de vez
en cuando. Muy a su pesar la realidad[2] se empeñaba en que el Genio fuera lugar de charla con
los amigos y a la vez testigo de sus frustraciones donjuanescas.
El
Genio estaba también cerca de
los sucesivos domicilios de Seco Moco. Esto a la larga
acabó convirtiendo al lugar en una especie de cuartel general en el que
planificar actividades y estrategias de radiopitas solteros, así como hacer
mesas redondas ante el café.
Alguna
que otra vez nos vio tomando copas, pero excepcionalmente. Entre sus mesas
conocimos a Remedios Pirata,
una guapa estudiante de psicología
que pretendía hacernos creer que sus vitaminas y los comprimidos de levadura de
cerveza eran anfetaminas… Imagino que el entorno era propicio y mis escasos 20
años lo pedían a gritos. Pero aquellas píldoras resultaron en realidad ser
ruedas de molino con las que jamás llegué a comulgar.
En
ocasiones el Genio era
coquetón y acogedor. Comprensivo con ese tiempo que pasa sin quedarse y que
termina siendo la mayor parte de la vida. Generalmente se ponía así de
tontorrón en otoño, cuando la melancolía inunda las calles maracandesas. Pero
el verano era diferente: puertas abiertas, corazones deseando arder, aventuras
de todo tipo esperando en cualquier canal de la emisora de radio[3], en cualquier esquina.
Lo
cierto es que con todo y con eso, el Genio
era un lugar al que yo iba extemporáneamente, pero con cierta convicción. Uno
de esos bares en los que cuando uno está, tiene la sensación de haber estado siempre.
Al contrario de esos otros en los que uno siente estar por casualidad y poco
rato, con la sensación de no volver nunca.
Nunca
fui un habitual del Genio,
que era más el territorio de Seco Moco y Jesús Onza. El lugar al que llevaban a sus posibles víctimas. Su
tela de araña para intentar el lucro sexual al que eran tan proclives. El
primero con mayor éxito, sin duda. En todo caso jamás presencié el ritual. Para
mí el Genio, aunque oliera a
feromonas, sólo fue un lugar de aprendizaje humano. Más antropológico que
erótico. Bien es cierto que saqué provecho de presenciar lecciones ajenas… como
si un genio hubiera salido de la lámpara para enseñármelas.
sábado, 6 de diciembre de 2014
Etimología patafísica del estornudo
No sabría
deciros de dónde proviene o procede mi grito cavernícola, ése que aflora en los
estornudos. Quizá sea simplemente una reivindicación ancestral de la especie,
que me utiliza como vehículo para plasmar su identidad o sus exigencias
ininteligibles, viscerales. O puede que se trate de la protesta de mi
inconsciente, vehiculada en un espasmo para no tener que seguir los cauces
políticamente correctos.
Lo cierto es que me arrastra el cuerpo hacia un
territorio indefinido, provisional y fungible: el instante del estornudo.
Durante una milésima de segundo, toda la maquinaria de mi cuerpo se pone al
servicio de un objetivo, más allá de mi voluntad: superándola o
contradiciéndola, no sabría decirlo con exactitud. Entonces se produce el
clímax, el orgasmo del aparato respiratorio echando fuera de sí aquello que por
alguna razón (probablemente fisiológica) resulta incompatible con la
supervivencia pacífica.
Podría luchar contra ello, es cierto, ahogar con
voluntad el gritito espasmódico que acompaña al estallido. Pero así, ¿no
estaría reprimiendo una parte de mí que –aun siendo inconsciente- me
constituye? Quizá si lo hiciera incurriría en la contradicción de pretender
luchar contra la naturaleza de mis actos más animales; pero ¿acaso no es eso la
convivencia misma? ¿Acaso no luchamos contra nosotros mismos, cada uno en su
individualidad, para poder compartir el mundo más allá de deseos y apetencias?
Puede que sí, que en el fondo de toda la comedia humana del respeto hacia los
demás y uno mismo, de toda la representación cotidiana que nos permite
rodearnos de semejantes… lata la misma verdad que tras un estornudo, con lo que
esto tiene de simbólico.
Puede que
tras este inmenso decorado que es la sociedad, sólo haya una verdad de
alergias, de incompatibilidades radicales negándose su propia esencia. Pero
entonces, ¿qué haré mañana? Seguir estornudando como una bestia, solución vana…
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martes, 25 de noviembre de 2014
BARRAS (Malas memorias) 268 MP
Una
mano biónica que arañando la superficie imaginaria del papel daba como
resultado un código de barras. Bajo el dibujo, una leyenda: “El zarpazo final. Barras”. Junto a esto, la
dirección en la zona de marcha.
Fue
allá por el ’84 cuando este cartel invadió las calles maracandesas: para
anunciar un bar recién abierto en lo que con el tiempo resultaría ser la zona
más emblemática de la noche de Samarcanda.
El cartel lo había diseñado Valentín Hermano junto con su colaborador
de entonces: Alejandro Uniformólogo,
quien tenía la cabeza llena de batallitas de soldados de plomo. La tarea de
empapelar la ciudad con dichos carteles fue mía, en colaboración con alguien
más que no recuerdo. Por este motivo acabé aprendiéndome de memoria el lema, el
logo y el todo por el todo.
Parecía
que aquélla iba a ser la tarea que de forma irónica me tenía reservada la vida
laboral, porque de la época también fue la aventura de los carteles sobre la Feria del libro y alguna que otra
aventura de pegadeces… con lo que esto suponía para alterar el ritmo cardiaco:
buscar lugares si no adecuados, al menos no estridentes y esquivar las
patrullas de la Policía, prestas a recaudar a golpe de multa. Lo cierto es que
todo ello hacía de la actividad algo si no atractivo, al menos clandestino… con
lo que esto tiene de aventura.
El
Barras en cuestión era un bar
más o menos agradable, con buena música y marcha en cantidad. Resultaba algo
oscuro, pero esto le daba si cabe un mayor atractivo de cara a la clientela.
Como negocio era boyante, sin duda: la afluencia de público lo delataba. Un
sótano acondicionado como pista de baile, casi como una discoteca, le otorgaba
un pedigree y una personalidad que
resultaban elementos magnéticos, en la penumbra de unas noches que eran más
promesa que amenaza.
Sin
embargo, algo no encajaba en el conjunto: hecha la campaña publicitaria,
pegados los carteles, incrementado el volumen de afluencia. Pero el dueño del
cotarro se resistía a soltar la gallina, pagar los servicios prestados. Se
escaqueaba. Estas cosas ocurren cuando se trabaja por cauces alternativos al
comercial ortodoxo establecido. No hay contratos y todo eso…
Al
final pagó… a regañadientes, pero lo hizo. Después se supo el motivo del
pretendido escaqueo: el amigo estaba metido hasta las cejas en el cutre y
manido mundillo de la farlopa, que se llevaba todos los beneficios del negocio.
Por tanto, debido a una de esas ironías que tiene la realidad más o menos
heterodoxa, el Barras acabó
sucumbiendo a su propio zarpazo.
lunes, 17 de noviembre de 2014
El negocio del arte
Hacer del arte un negocio significa no haber entendido nada…
Podéis ser ricos, sin duda, pero artísticamente sois analfabetos: vuestra mente
está cerrada a la comprensión de la vida atormentada. ¿Cuántos artistas fueron
ricos en vida? ¿Y para qué les sirvió serlo después de muertos (si es el caso)?
Simplemente para ver prostituida su obra, lejos del mundo de la comunicación,
lejos del alma…
Alrededor del arte se mueven inmensos mundos de economía
desvencijada, pretendidamente culta: pero no lo hacen dentro del arte mismo,
son satélites. El arte, cuando deviene negocio, se volatiliza, desaparece…
aunque siga ahí la materia.
Es una especie de “don de Midas” invertido: todo lo que toca el negocio, se convierte en lo contrario del arte. ¿Y qué es lo contrario del arte? Difícil definirlo, si no es por oposición: más sencillo, infinitamente más, definir lo que sea el arte (no seré yo quien lo haga: definirlo es convertirlo en negocio… de lenguaje).
Pues bien, todo lo que quede
fuera de la definición, resulta despreciable por irrelevante, por lejano al
alma; porque hay algo indiscutible: quien antepone el negocio al arte es un desalmado.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Así es la vida...
Al llegar a determinada edad...
a ella le sigue gustando gustar.
En cambio él ya ha renunciado -por desidia o
lo que sea- y sólo quiere que le gusten. ¿Cómo decirlo? Ser gustado, quizá sea
casi exacto; revolcándose en la impotencia tan bien conocida por ella. Él,
resentido, piensa que es obra suya (de ella) y la desprecia (a ella).
Se va con
sus amigotes, tan impotentes como él: no en lo sexual, pero sí en lo humano.
Quiere ser animal, casi una zorra que desprecia las frutas apetitosas, jugosas,
mintiéndose que están verdes.
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tontería pura
miércoles, 5 de noviembre de 2014
ICONOCLASTEANDO
Mi vecina
adolescente no es una persona, sino un concepto con tetitas que se cruza
conmigo por las escaleras y piensa que soy un señor, sin imaginar mi verdadera
personalidad... la del mayor pervertido de toda la Humanidad (si no el peor,
que no oso, al menos el más complejo).
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