lunes, 29 de diciembre de 2014

GENIO (Malas memorias) 143 MP

Pretendía ser una cafetería de parejitas y a veces lo conseguía. Con esa rentabilidad empresarial escasa pero habitual que otorga una clientela tan fiel como celosa de su intimidad y escasa de recursos.
Mesitas de mimbre y cristal, juegos de mesa, música tranquila y camarero amable. Lo justo para dejar desfilar las horas a su ritmo, a su antojo: entre arrumacos. Barra de madera con tejadillo, pantalla grande de televisión (aunque no gigante) y ambiente acogedor. Éstos eran los valores con los que contaba el Genio.
Pero su localización y ambiente lo hacían receptivo también para otro tipo de público menos estandarizado y también menos previsible. Por comodidad, costumbre o casualidad, allá por el ’83 se empezó a convertir en un sitio propicio para lo que ahora se denomina quedadas[1].
Quizá por amable y neutro, el Genio resultaba un terreno idóneo para el inicio de una relación de las denominadas cita a ciegas. Por entonces, sin internet ni móviles, eran casi patrimonio exclusivo de la radioafición: y si era pirata, mejor.
Además el Genio contaba con la característica de estar cerca de la casa de Jesús Onza. Así que éste lo utilizaba para intentar llevar a cabo sus tácticas envolventes (supuestamente exitosas) con las que conseguir ligarse a alguna churri de vez en cuando. Muy a su pesar la realidad[2] se empeñaba en que el Genio fuera lugar de charla con los amigos y a la vez testigo de sus frustraciones donjuanescas.
El Genio estaba también cerca de los sucesivos domicilios de Seco Moco. Esto a la larga acabó convirtiendo al lugar en una especie de cuartel general en el que planificar actividades y estrategias de radiopitas solteros, así como hacer mesas redondas ante el café.
Alguna que otra vez nos vio tomando copas, pero excepcionalmente. Entre sus mesas conocimos a Remedios Pirata, una guapa estudiante de psicología que pretendía hacernos creer que sus vitaminas y los comprimidos de levadura de cerveza eran anfetaminas… Imagino que el entorno era propicio y mis escasos 20 años lo pedían a gritos. Pero aquellas píldoras resultaron en realidad ser ruedas de molino con las que jamás llegué a comulgar.
En ocasiones el Genio era coquetón y acogedor. Comprensivo con ese tiempo que pasa sin quedarse y que termina siendo la mayor parte de la vida. Generalmente se ponía así de tontorrón en otoño, cuando la melancolía inunda las calles maracandesas. Pero el verano era diferente: puertas abiertas, corazones deseando arder, aventuras de todo tipo esperando en cualquier canal de la emisora de radio[3], en cualquier esquina.
Lo cierto es que con todo y con eso, el Genio era un lugar al que yo iba extemporáneamente, pero con cierta convicción. Uno de esos bares en los que cuando uno está, tiene la sensación de haber estado siempre. Al contrario de esos otros en los que uno siente estar por casualidad y poco rato, con la sensación de no volver nunca.
Nunca fui un habitual del Genio, que era más el territorio de Seco Moco y Jesús Onza. El lugar al que llevaban a sus posibles víctimas. Su tela de araña para intentar el lucro sexual al que eran tan proclives. El primero con mayor éxito, sin duda. En todo caso jamás presencié el ritual. Para mí el Genio, aunque oliera a feromonas, sólo fue un lugar de aprendizaje humano. Más antropológico que erótico. Bien es cierto que saqué provecho de presenciar lecciones ajenas… como si un genio hubiera salido de la lámpara para enseñármelas.



[1] Encuentros en vertical (físicamente, según el argot) de los radioaficionados cuando éstos pasaban de las ondas al mundo real.
[2] Tozuda desde su interesado punto de vista.
[3] El ladrillo.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Etimología patafísica del estornudo

No sabría deciros de dónde proviene o procede mi grito cavernícola, ése que aflora en los estornudos. Quizá sea simplemente una reivindicación ancestral de la especie, que me utiliza como vehículo para plasmar su identidad o sus exigencias ininteligibles, viscerales. O puede que se trate de la protesta de mi inconsciente, vehiculada en un espasmo para no tener que seguir los cauces políticamente correctos.

Lo cierto es que me arrastra el cuerpo hacia un territorio indefinido, provisional y fungible: el instante del estornudo. Durante una milésima de segundo, toda la maquinaria de mi cuerpo se pone al servicio de un objetivo, más allá de mi voluntad: superándola o contradiciéndola, no sabría decirlo con exactitud. Entonces se produce el clímax, el orgasmo del aparato respiratorio echando fuera de sí aquello que por alguna razón (probablemente fisiológica) resulta incompatible con la supervivencia pacífica.

Podría luchar contra ello, es cierto, ahogar con voluntad el gritito espasmódico que acompaña al estallido. Pero así, ¿no estaría reprimiendo una parte de mí que –aun siendo inconsciente- me constituye? Quizá si lo hiciera incurriría en la contradicción de pretender luchar contra la naturaleza de mis actos más animales; pero ¿acaso no es eso la convivencia misma? ¿Acaso no luchamos contra nosotros mismos, cada uno en su individualidad, para poder compartir el mundo más allá de deseos y apetencias?

Puede que sí, que en el fondo de toda la comedia humana del respeto hacia los demás y uno mismo, de toda la representación cotidiana que nos permite rodearnos de semejantes… lata la misma verdad que tras un estornudo, con lo que esto tiene de simbólico.


Puede que tras este inmenso decorado que es la sociedad, sólo haya una verdad de alergias, de incompatibilidades radicales negándose su propia esencia. Pero entonces, ¿qué haré mañana? Seguir estornudando como una bestia, solución vana…

martes, 25 de noviembre de 2014

BARRAS (Malas memorias) 268 MP

Una mano biónica que arañando la superficie imaginaria del papel daba como resultado un código de barras. Bajo el dibujo, una leyenda: “El zarpazo final. Barras”. Junto a esto, la dirección en la zona de marcha.
Fue allá por el ’84 cuando este cartel invadió las calles maracandesas: para anunciar un bar recién abierto en lo que con el tiempo resultaría ser la zona más emblemática de la noche de Samarcanda. El cartel lo había diseñado Valentín Hermano junto con su colaborador de entonces: Alejandro Uniformólogo, quien tenía la cabeza llena de batallitas de soldados de plomo. La tarea de empapelar la ciudad con dichos carteles fue mía, en colaboración con alguien más que no recuerdo. Por este motivo acabé aprendiéndome de memoria el lema, el logo y el todo por el todo.
Parecía que aquélla iba a ser la tarea que de forma irónica me tenía reservada la vida laboral, porque de la época también fue la aventura de los carteles sobre la Feria del libro y alguna que otra aventura de pegadeces… con lo que esto suponía para alterar el ritmo cardiaco: buscar lugares si no adecuados, al menos no estridentes y esquivar las patrullas de la Policía, prestas a recaudar a golpe de multa. Lo cierto es que todo ello hacía de la actividad algo si no atractivo, al menos clandestino… con lo que esto tiene de aventura.
El Barras en cuestión era un bar más o menos agradable, con buena música y marcha en cantidad. Resultaba algo oscuro, pero esto le daba si cabe un mayor atractivo de cara a la clientela. Como negocio era boyante, sin duda: la afluencia de público lo delataba. Un sótano acondicionado como pista de baile, casi como una discoteca, le otorgaba un pedigree y una personalidad que resultaban elementos magnéticos, en la penumbra de unas noches que eran más promesa que amenaza.
Sin embargo, algo no encajaba en el conjunto: hecha la campaña publicitaria, pegados los carteles, incrementado el volumen de afluencia. Pero el dueño del cotarro se resistía a soltar la gallina, pagar los servicios prestados. Se escaqueaba. Estas cosas ocurren cuando se trabaja por cauces alternativos al comercial ortodoxo establecido. No hay contratos y todo eso…

Al final pagó… a regañadientes, pero lo hizo. Después se supo el motivo del pretendido escaqueo: el amigo estaba metido hasta las cejas en el cutre y manido mundillo de la farlopa, que se llevaba todos los beneficios del negocio. Por tanto, debido a una de esas ironías que tiene la realidad más o menos heterodoxa, el Barras acabó sucumbiendo a su propio zarpazo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

El negocio del arte

Hacer del arte un negocio significa no haber entendido nada…

Podéis ser ricos, sin duda, pero artísticamente sois analfabetos: vuestra mente está cerrada a la comprensión de la vida atormentada. ¿Cuántos artistas fueron ricos en vida? ¿Y para qué les sirvió serlo después de muertos (si es el caso)? Simplemente para ver prostituida su obra, lejos del mundo de la comunicación, lejos del alma…

Alrededor del arte se mueven inmensos mundos de economía desvencijada, pretendidamente culta: pero no lo hacen dentro del arte mismo, son satélites. El arte, cuando deviene negocio, se volatiliza, desaparece… aunque siga ahí la materia.

Es una especie de “don de Midas” invertido: todo lo que toca el negocio, se convierte en lo contrario del arte. ¿Y qué es lo contrario del arte? Difícil definirlo, si no es por oposición: más sencillo, infinitamente más, definir lo que sea el arte (no seré yo quien lo haga: definirlo es convertirlo en negocio… de lenguaje).

Pues bien, todo lo que quede fuera de la definición, resulta despreciable por irrelevante, por lejano al alma; porque hay algo indiscutible: quien antepone el negocio al arte es un desalmado.




lunes, 10 de noviembre de 2014

Así es la vida...

Al llegar a determinada edad... a ella le sigue gustando gustar.

En cambio él ya ha renunciado -por desidia o lo que sea- y sólo quiere que le gusten. ¿Cómo decirlo? Ser gustado, quizá sea casi exacto; revolcándose en la impotencia tan bien conocida por ella. Él, resentido, piensa que es obra suya (de ella) y la desprecia (a ella).

Se va con sus amigotes, tan impotentes como él: no en lo sexual, pero sí en lo humano.

Quiere ser animal, casi una zorra que desprecia las frutas apetitosas, jugosas, mintiéndose que están verdes.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

ICONOCLASTEANDO

Mi vecina adolescente no es una persona, sino un concepto con tetitas que se cruza conmigo por las escaleras y piensa que soy un señor, sin imaginar mi verdadera personalidad... la del mayor pervertido de toda la Humanidad (si no el peor, que no oso, al menos el más complejo).

lunes, 20 de octubre de 2014

Fragmento de mis futuras memorias

La argumentación parecía impecable: filosofía y fealdad eran sinónimos; caso contrario, alguien que no es feo no se dedicaría al intelecto, sino al cuerpo.

Con semejante desparpajo, la falacia dividía al mundo en dos grupos irreconciliables: el de los feos/intelectuales y el de los guapos/superficiales. Aquello nos impregnaba ciertamente de un malditismo que resultaba en ocasiones más atractivo que la belleza misma, nos relegaba al papel de protestones porque en la lotería de las caras no nos había tocado ni la pedrea. 

Pero la base del razonamiento era evidentemente falsa, porque partía de la imposibilidad de compaginar en una persona belleza y sabiduría, por ejemplo. Condenaba a los guapos a la ignorancia, igual que a los feos les relegaba a las bibliotecas. Sin embargo, no se negaba la evidencia de que había individuos que compaginaban facetas enfrentadas: se les trataba como excepciones y por tanto no sólo dignos de compasión por ser una especie de “enfermos”, también como demostración de la veracidad del argumento.

Un poco como respuesta a semejante superficialidad, el título de mi tesina iba por ahí: el reducto que va más allá de la materia, la sensibilidad superando lo inmediato. Al fin, ¿quién se preocupa de la belleza aleatoria, sino aquella persona que no tiene más elementos importantes en su vida? No es que la belleza no importe, sino que es secundaria: en otras palabras, la belleza no es meramente física, sino que se refiere a un concepto más englobante, casi total: lejos de pasarelas y vacuidades.

En todo caso, resulta fácil solidarizarse con los pobres siendo uno de ellos… no así cuando uno es rico (lo primero que hacen los ricos es rechazarle por diferente). Nosotros, en cambio, tratábamos a los guapos como si fueran personas: normales antes que guapos, a veces incluso obviando la belleza para que no se sintieran excesivamente incómodos.